La falta de inspiración

Todavía recuerdo las palabras que una persona me dirigió poco antes de incorporarme como diseñador en el periódico. Me dijo algo así como que no me envidiaba en absoluto, porque tenía entre mis manos una tarea durísima: el que nunca me faltara la inspiración.
Me dijo que no sería fácil cuando un argumento externo influyera en la ecuación de mi creatividad. Que podía ser muy bueno con el ratón y el teclado, pero bastaba un minúsculo motivo, insignificante e insidioso, vertido sobre cualquier aspecto de tu vida; o un mal viento en cualquier vertiente de tu estabilidad emocional, para echar sobre mi inspiración dos metros y medio de tierra.
Algunos de esos momentos, que ya he sufrido y que supongo que seguiré sufriendo, constatan dos cosas. La primera, la brillantez de la idea. Cuando llega, no importa si estás o no inspirado, o si estás más o menos receptivo: llega sin previo aviso, y a veces demasiado tarde.
La segunda es que no existe la dosis de perseverancia suficiente para poder suplir esa ausencia de inspiración o imaginación. No es fruto del trabajo constante, de las horas que inviertas o, si se me apura, de los conocimientos que tengas.
Está claro que hay múltiples factores que facilitan tener dicha imaginación, como la experiencia o la observación, pero al final, el último y definitivo es que la carta que decide la mano es precisamente la que está en el mazo, no la que tenemos entre las que se nos han dado.
In hoc signo vinces
Qué curioso. Resulta que las cosas que hace unos días me angustiaban ya no lo hacen. Recuerdo cómo sentía cómo la maldad se ceñía sobre mi… y ahora es como si todo hubiera desaparecido.
Sigue ahí, pero es como si de repente, la vida quisiera ser benevolente conmigo. Ignoro por qué motivo. Tal vez porque es necesario que vuelva a concentrarme en todo aquello en lo que nunca tuve que desviarme.
Tal vez sea, como siempre, el maldito calor. Sea como fuere… In hoc signo vinces.
¿Tú también, Bruto?

Hace bastante tiempo que me ronda en la cabeza el profundo significado de la palabra traición.
En el fondo, la traición no es sino una bella polifonía de sentimientos que se oprimen en el pecho de los mortales; heridos de impotencia y frustración provocada habitualmente por el comportamiento hostil y humillante de otros semejantes, y que en rarísimas ocasiones es posible llevar a cabo.
Dejando a un lado las imaginativas y sangrientas reyertas con las que el humillado se regocija en la oscuridad de sus pesadillas; cuando la sombra de la traición planea sobre él, uno debe preguntarse dos cosas. La primera es si aquellos quienes piensan que es un traidor, o que les puede traicionar no actúan, o van a actuar guiados por ese sentimiento, sin ofrecerle siquiera el beneficio de la duda. La segunda es si, merecedores de ello y sólo por hacer justicia, cabe ejercerla y hacerles disfrutar así de una amarga recompensa por su villanía y espíritu malhechor.
Tales son mis pensamientos. Cuando la hostilidad se cierne sobre uno, a través de las más distintas vías, cabe únicamente pensar en que no se valora correctamente el hecho de que no hay que temer a quien tiene algo que perder, sino a quien no tiene nada que perder. Intentar forzar una situación llevando a cabo conductas poco honorables, fijando como objetivo de una actitud colectiva tan sólo sobre un individuo puede terminar, tarde o temprano, siendo recompensado.
Las personas deben saber que la felicidad está en los minúsculos detalles que día a día pasan ante nuestros ojos desmereciéndolos, y que los vasos que se colman rebosan sólo con una insignificante gota. Así que yo me pregunto si la traición, en realidad, es más grande que una minúscula cadena de oxígeno e hidrógeno.
Y también me pregunto si reflexionar sobre ello le hace a uno más traidor que quienes le apuntan con sus afiladas miras.
Reinterpretarse
Todavía recuerdo las largas tardes de invierno cuando Doña Esposa y yo jugábamos con gran avidez, con la saga de Prince of Persia para PS2. Mi manera de jugar le sacaba de quicio.
Ella buscaba exhaustiva y minuciosamente en cada rincón, rompía cada ánfora, cada caja, cada diván, cada pared que parecía falsa… buscando una mejora de vida, un arma nueva o cualquier otro premio.
Yo, en cambio, tiraba para adelante. Liquidaba a tantos guardias como podía y no esquivaba la batalla. No realizaba matanzas silenciosas, no me importaba ir de frente y que me partieran en trescientos pedazos.
Tal vez por eso, cuando aparecía el Dahaka, me cedía siempre el mando.
El cuento, con el tiempo, no ha cambiado mucho. Ahora, los signos externos me obligan a reinterpretarme. A explorar con minuciosidad, como hacía ella, cada recoveco, con cada posibilidad, con cada expectativa.
Pero en el fondo, siempre sigo deseando escuchar la voz del Príncipe Oscuro diciéndome aquello de… ¿Ves? Ahora nos va a matar… para cerrar los ojos y cargar. Así venga ella y nos mate.
Sólo el tiempo
Cuando alguien se va, no podemos hacer nada. Sólo esperar que pase el tiempo y se mitigue el dolor. Aunque el tiempo nunca pasa por nuestros recuerdos, por nuestros corazones. Lo único que sí podemos hacer es retener en nuestra memoria cada instante de felicidad junto a ellos. Y no permitir que se olviden jamás. Porque así seguirán vivos por siempre.
Cállate, que aún estás a tiempo

A lo largo del día, me pongo los cascos. Pero los tengo en silencio. Creo que ya he hablado alguna vez de esto. ¿Fue en este blog, o en mi otro blog? Ahora no lo recuerdo.
El caso es que en ocasiones, cuando se quedan en silencio sin yo quererlo, me veo forzado a escuchar cada cosa que haría revolverse a más de uno en su tumba… incluso aunque no estuviera muerto. Salgo a la calle y no puedo evitar escuchar hablar a la gente. A veces, hasta llegar al Canal de Historia, hago zapping inocentemente y me cruzo con mentecatos vomitando gilipolleces en forma de tertulianos o invitados de programas de telebasura.
Me gustaría saber por qué estúpida razón la gente no es capaz de mantener la boca callada si no sabe de lo que está hablando.
Venga, en serio. ¿Alguien sabe por qué? Cuando España jugaba la Copa del Mundo de fúrgol, teníamos como unos 40 millones de seleccionadores nacionales. Ahora resulta que somos el país con más ingenieros nucleares del mundo. Todos tenemos unos conocimientos del copón de tecnología… y ya ni hablemos de teléfonos móviles y de videoconsolas.
Videoconsolas. Oh cielos. Algún día hablaré de los cojoncimientos que algunos blanden a la hora de esgrimir sus estúpidas razones para demostrar con la boca llena que son capaces de defender su ignorancia hasta hacer sangrar los ojos y oídos de quienes presencien su diarrea verbal… y aún más, hacerles sentir vergüenza ajena, a mitad de camino entre asco, pena y lástima (esta última en ínfima medida).
Pero centrándonos en el tema, basta con echar un vistazo a determinadas páginas web o blogs, que parecen, o dicen tener cierta autoridad; o incluso aquellas que quedan revestidas de dicha autoridad por su anacrónica revereberancia manchada de tinta. Sus portadas son un auténtico atentado a los ojos, con titulares amarillos, pretenciosos o infestados de temáticas oportunistas y / o inoportunas, que pretenden captar la atención de los usuarios con titulares salvajes, para ofrecerles contenidos de dudosa ética, de pestilente lacra política o, en el peor de los casos, de informaciones manipuladas o falsas.
Doy gracias a Dios por dotarme de la inteligencia necesaria para identificarlas y esquivarlas. A su vez, doy gracias a mis profesores por enseñarme a desarrollar las dotes necesarias para saber que no es necesario hablar ni una sola palabra para que alguien te diga, con toda la razón del mundo, que calles tu mensaje. De una maldita vez.
Pax fallera

Toda la semana llevo anticipándome a la despertá de los falleros, a esa gente a la que tanto odio les tengo de manera casi devota, y a la que si nada lo remedia tendré que verme sometido y sodomizado desde el año que viene, si finalmente Doña Esposa decide que mi peque va a serlo.
Y es que madrugar está muy bien visto, al menos por ellos. No sólo secuestran semanas antes bajo su errática voluntad calles y plazas, sino que además también deciden cuándo niños, mayores y enfermos deben despertarse y alterar sus espacios de sueño, y cuándo “toca la banda” hasta las tantas los temas de siempre, soniquetes martilleantes que hacen sangrar los oídos de los vecinos.
La paz sólo llega cuando una alma caritativa le da la mecha a la fallereta y entre lágrimas y sollozos de cocodrilo, enciende la mecha que impasible ejecuta con precisión quirúrgica la incineración de los monumentos de poliespán. La paz al final sólo llega con el fuego.
Tantos zippos en mi casa, y tan pocas fallas que quemar…













