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Road to Vigo, a través de twitter

En tan solo 24 horas aquí, he comprendido que es una solemne tontería actualizar el blog con entradas que me van a costar mucho escribir, y que dada la intensidad de las vivencias de las que deseo hablar requieren de un análisis y una descripción de las percepciones que estamos viviendo mucho más exhaustivos.

Así que quiero remitiros, hasta que pueda ir escribiendo de todas estas vivencias, completándolas con galerías de fotos y montajes de video, a mi timeline en twitter, donde recojo parte de estos días, en tiempo real y con mayor agilidad.

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¡Nos vemos muy pronto!

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24 horas de retraso

Una de las “desventajas”, por decirlo así, de ser papi es que, por norma general, si a tu hijo puede sucederle algo, seguramente le ocurrirá en el momento más inoportuno para ti.

Como herencia familiar, espero que el pequeño Brais la calvicie prematura no la adquiera, porque se ve que lo de tener casi perversamente a las mínimas de cambio faringoamigdalitis (espero que se diga así) ya lo ha heredado.

En cualquier caso, hoy ya se encuentra mejor, y es bastante probable que esta noche podamos por fin arrancar motores.

¿Nos acompañáis?

#roadtovigo

Here we go…

Los últimos preparativos ya están en marcha. Incluyendo este, el testeo de la publicación remota. #roadtovigo, allá vamos…

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Hai un paraiso

Sin darme cuenta, he vuelto a hacerlo. Todo. Paso por paso. El antiguo ritual, la preparación del viaje. Los mapas. La música. La lista con todo lo que hay que llevarse. El pronóstico del tiempo. Limpiar el coche. Las mariposas en el estómago…. las mil y una cosas que sucederán antes de arrancar el motor.  Queda apenas una semana y todo, absolutamente todo, ha retornado. Sígueme si quieres, porque esta vez nada será igual… #roadtovigo

Road to Vigo, 2011

Tras esta curva, está Vigo.

La primera vez que la tomé fue hace ya diez años. Fue mi primer Road to Vigo™.

Este verano volveré a emprender un camino que hace ya casi seis años que no hago. Y mi cerebro comienza a segregar endorfinas sólo con pensarlo. En otras condiciones: coche nuevo, compañía nueva (Doña Esposa y mi pequeño), asistente a la conducción digital (adiós al tocho de mapa de carreteras), y toda una red de vías que habrá sufrido los mil y un cambios a lo largo de estos años.

Hay mucha gente que no disfruta de los viajes, porque está más ansiosa de llegar que de otra cosa. Para mi, por el contrario, parece que el viaje haya comenzado ya. En el momento en que empieza el proceso de planificación, y que se intensificará los meses, las semanas, los días que preceden al momento de entrar en el coche, ponerse el cinturón y encender el contacto girando la llave. Cuando las bujías provoquen la ingición, y vuelva a rugir el motor, habrá comenzado la aventura. Una aventura que se vive kilómetro a kilómetro. Aunque, como he dicho, esta vez será distinto.

La primera vez conduje de noche gran parte del trayecto. Fue con “el Rey León”, mi pequeño Peugeot 205 GT. Ahora será con un vehículo familiar, con parada y fonda en algún lugar pasando Madrid… pero la esencia será la misma: el reencuentro con parte de nosotros mismos, con la familia, el redescubrimiento del frescor atlántico, de bosques caducifolios, el sonido de las gaviotas al amanecer, del mar, océano, viejo y bravo. Una nueva vuelta más.

Todo eran percepciones. Que me acompañan aún hoy. Todavía recuerdo aquella noche sin dormir, aquellas horas nervioso en la cama, mirando al reloj, que debía marcar las 4 para mostrarme el momento en el que me pondría en marcha. Aquél primer viaje “largo”, y tan largo. Con amenaza de temporal. Sin cadenas. Qué miedo. Recuerdo el hielo en Cuenca. La oscuridad del camino equivocado hasta llegar a la luz del enlace en Honrubia. Amanecer en Madrid. Las monstruosas y aterradoras circunvalaciones “M” en Madrid. La nieve y los camiones en Guadarrama. La Cruz de los Caídos al fondo. La lluvia en Zamora. El granizo. El sol parecía que nunca llegaría. Tordesillas. Benavente. La A52. Dejar la meseta. Subir. Escalar. Padornelo. Los quitanieves. El túnel. Aquél túnel. Galicia. Los bosques. Parecía como si las ruedas no se pegasen al asfalto, como si el coche volara. Ourense. Cien kilómetros. El “Vitiza”, escandaloso al otro lado de la carretera. Y por fin aquella curva. Aquella bendita curva… Mi radiocasette. La primera vez que me pitaron en la Gran Vía. Aquél semáforo en el que bajé la ventanilla y puse a tope la Marcha Imperial. Llegar, y perderme a 50 metros de su casa…

El viaje, estos viajes, todos los que vinieron después, no son más que una introspección, la consecución de tantos anhelos, esperanzas y sueños. Victorias, momentos épicos que ni la más dura de las derrotas podría empañar. Sueños cumplidos. Aquella primera vez fue una prueba de voluntad. Con un coche de más de 12 años, sin saber cómo iba a responder, con mi poca experiencia al volante, con mi nula experiencia de la vida… ¡siendo un crío, maldita sea! Era consciente de cada curva, de cada cambio de rasante, de cada carril, de cada señal… Mi hermano y mis compañeros de la universidad me llamaron para saber si todo había ido bien.

Y ahora que lo pienso… si estoy hablando de esto, diez años después, es que nuestro viaje ha comenzado ya.

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