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La dignidad

Llevo algunos días pensando si escribir este post o no. Y finalmente me he decidido a hacerlo. Un amigo, postrado de por vida en silla de ruedas, con una voluntad y un carisma de hierro, me dijo una vez que no se muere con dignidad, que se vive con dignidad. Aunque coincido plenamente con su postulado, creo que también es necesaria cierta dignidad para poner el broche a una vida larga y plena.

En ocasiones creo que Dios parece estar mirando para otro lado. Concretamente en esta que me atañe. Que nos atañe, pues estamos viendo cómo se apaga una luz, la de mi abuela, en una agonía lenta e injusta. Este triste país en el que vivimos es incapaz de revestir de legalidad un acto que debería ser casi de piedad, y que por muy duro y amoral que resulte, podría aliviar una situación que es médicamente irreversible y que ha abocado tanto a la enferma como a la familia a un padecimiento que roza la crueldad.

El final de una vida, cuando se produce en circunstancias normales, se llama muerte. Cuando es uno quien se quita la vida, con más o menos cobardía, se llama suicidio. En cambio, cuando de forma médica, por voluntad del enfermo o de sus familiares, se ayuda al enfermo terminal a obtener esta dignidad de la que estoy hablando, se llama homicidio.

Qué injusta e hipócrita es esta sociedad, tan liberal y vanguardista en según qué cosas, que es incapaz de asumir que los profesionales de la sanidad; incluso a pesar del juramento hipocrático, de cualquier creencia o religión que profesen, pueden sentir empatía por una persona, por una familia, y querer de forma humana aliviar esta situación. No pueden, porque serían asesinos. Los llamados cuidados paliativos no son más que un eufemismo legal para llamar llamar al médico que los practica asesino. Yo más bien pienso que le daría las gracias desde el fondo de mi corazón.

Si hubiera la más mínima, pero la más mínima posibilidad de recuperarse, de salir adelante, de luchar por vivir tras una larga enfermedad, creo que a nadie nos cabría la menor duda: hay que aferrarse a ella, con uñas y dientes. Cualquier resquicio de vida merece la pena vivirlo. Pero cuando no la hay, cuando la Parca espera casi impaciente apostada en la puerta de la habitación, habría que replantearse muchas cosas.

Sólo espero que algún día, este país sea lo suficientemente maduro como para aceptar que también hay formas de morir con dignidad, y que ni un solo español más tenga que pasar por lo que mi familia está pasando estos días de tristeza.

Ojalá sólo me quede ya un único llanto, un llanto final, que sin duda será mezcla de dolor y alivio. Y no me importa parecer un mal nieto: creo que es justo que ella ya no sufra más… que ya no suframos más viendo cómo su vida se apaga con la impotencia de no poder devolverle siquiera en los últimos instantes un poquito del amor y el cariño que ella nos dio desde el día en que vinimos al mundo.

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