Pax fallera

Toda la semana llevo anticipándome a la despertá de los falleros, a esa gente a la que tanto odio les tengo de manera casi devota, y a la que si nada lo remedia tendré que verme sometido y sodomizado desde el año que viene, si finalmente Doña Esposa decide que mi peque va a serlo.
Y es que madrugar está muy bien visto, al menos por ellos. No sólo secuestran semanas antes bajo su errática voluntad calles y plazas, sino que además también deciden cuándo niños, mayores y enfermos deben despertarse y alterar sus espacios de sueño, y cuándo “toca la banda” hasta las tantas los temas de siempre, soniquetes martilleantes que hacen sangrar los oídos de los vecinos.
La paz sólo llega cuando una alma caritativa le da la mecha a la fallereta y entre lágrimas y sollozos de cocodrilo, enciende la mecha que impasible ejecuta con precisión quirúrgica la incineración de los monumentos de poliespán. La paz al final sólo llega con el fuego.
Tantos zippos en mi casa, y tan pocas fallas que quemar…
De papeles y audiencias
Hoy he invertido como unos veinte minutos de mi tiempo en formarme como profesional. Y necesito compartir con todo el mundo (qué idiotez) los dos vídeos en los que he repartido ese tiempo.
El primero fue esta mañana. Como siempre “enredando”, llegué hasta una web llamada Information Architects. En él, una entrevista sobre el futuro de los diarios tradicionales en los nuevos medios. Cuando arda el papel, tampoco serán las “apps” las que se lleven el gato al agua. No, no, no, no… será la web. Pura y dura. Lo importante, como siempre, es el usuario, y eso hay que tenerlo muy en cuenta, como lo tuvieron ellos al crear la web adaptada para tablets de Zeit Online.
Via | http://www.informationarchitects.jp/en/news-on-ipad-the-obvious-way/
Y cuando ya hayamos quemado el papel y descubramos que ni la tinta ni las cenizas manchan más nuestras manos, podemos preguntarnos quién ha visto un audímetro. Ya sabéis… esos aparatitos que supuestamente miden las audiencias de los programas, y nos dicen “qué es lo más visto en la tele, y qué no”… Con la voz del Jefe Wiggum de Los Simpsons (Juan Perucho en la vida real), un usuario nos enseña cómo funciona el aparatito ese del que todos hablan alguna vez, pero que nadie antes probablemente habría visto. Lo he encontrado en La Silla del Alcalde, el blog de Bruno Ramos y Celia Dubal.
Via | http://www.brunoramos.es/wplocal/2010/11/tv-or-not-tv/
Tirar la toalla
Fue Winston Churchill, el mítico Primer Ministro británico, con su bombín, su pajarita, su puro y su gesto de victoria (del que ahora hablaré), el que dignificó a toda una generación con su “Never, never, never give up”. Fue el 29 de octubre de 1941 cuando invitado a dar una charla en el Harrow School, pronunció las míticas palabras:
Never, ever, ever, ever, ever, ever, ever, give up. Never give up. Never give up. Never give up.
Arengar a la juventud con esas palabras fortaleciendo su espíritu fue uno de los gestos más emblemáticos del político británico… que ha traspasado el Canal de la Mancha para instaurarse como lema de motivación en todo el mundo.
El gesto de la victoria también es algo británico. Durante la guerra de los 100 años, que no fue de 100 sino de 116 años (entre 1337 y 1453), de los cuales 54 fueron de tregua; que enfrentó a Francia e Inglaterra, las huestes francesas sucumbían bajo las certeras y mortíferas flechas lanzadas por los arqueros, grandísimos hijos de la Gran Bretaña.
El francés, con su delicadeza de sobras conocida por la historia de España, cada vez que en una batalla conseguía hacer prisioneros entre las inglesas, amputaba los dedos índice y corazón de sus arqueros antes de dejarles libres, para evitar que volvieran a empuñar un arco nunca más.
Como símbolo de burla, cuando el inglés doblegaba al francés, sus tropas paseaban mostrando sus dedos índice y corazón, indicándoles que por mucho que les quitaran los dedos a sus arqueros, otros vendrían a ocupar su lugar y derrotarlos. Desde entonces, ese gesto ha pasado a formar parte de nuestro lenguaje no verbal como señal de triunfo.
Bien, hoy tras una dura batalla, me han sido “amputados” los dedos índice y corazón (en sentido figurado). He sido vencido por un enemigo con el que no contaba, y me va a tocar volver a empezar de nuevo a fraguar otra estrategia… pero no me cabe la menor duda de que pronto, algún día, pasearé de nuevo ante el código traidor y le mostraré mis dedos índice y corazón alzándose en señal de victoria.
Ahora, a descansar. Por hoy, ya está bien.
Vale, que sí…
Que tienes razón. Que siempre es lo mismo. Y cada vez que se convoca una, Doña Esposa pone semblante grave y me invita a bajar con razonamientos tan irrefutables como: “hombre que si vas a bajar…”
Y bajas. Y de nuevo te sientes como si estuvieras en un gallinero. Las personas se transforman, demonizan y blasfeman sobre sus vecinos, dicen estupideces a la carrera, a ver quién la suelta más gorda, o hacen corrillos e impiden al presidente / administrador / gallito del corral poner orden.
Además, siempre se repiten los mismos roles: el sumiso pasivo, la malfollá, el listillo, el mala hostia, el ONG, el pacificador, el beligerante y, por supuesto, el abuelo cebolleta (figura mítica en las reuniones de escalera).
Todo esto si es que no hay fúrgol, cuando el 95% de los arriba mentados no están ni se les espera.
Y para qué? Pues para acordar que del dolce far niente se vive de puta madre, aplazar los temas “para la próxima reunión”, y discutir a grito pelao del oro de Moscú (en ordenados grupos de a tres, claro).
Siempre digo lo mismo: a mi no me cogen más… Y siempre pasa igual: las sufro en silencio, como las Fallas y alguna que otra situación que no puedo contar…
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Como decíamos ayer…
Mi mujer es consciente del tipo de personas de las que me rodeo. Y siempre me hace la misma pregunta: por qué siempre vas con gente más mayor que tú?
Mi contestación invariablemente es la misma: Voy con gente que me aporta algo, y de la que pueda aprender.
Siempre me he sentido afortunado. He sido llamado a reuniones en las que se han tratado los temas más variopintos, de la más diversa gravedad y alcance, y de muchos grados de calado y repercusión.
Lo más sorprendente es que ahora me he dado cuenta de que algo ha cambiado acerca de las circunstancias y periodicidad con las que soy llamado a esas reuniones con gente de más edad y experiencia: cada vez son más frecuentes, y cada vez escucho menos, hablo más, y mis opiniones también cuentan.
Cuánta razón tenia mi madre con aquello de que hay que “ver, oír y callar”. Ya crecerás, y te tocará el turno de palabra. Me siento bien, humildemente bien. Y sigo aprendiendo cada vez que alguien me llama a escuchar con atención.
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Yo, en mi egocéntrica majestad, he creado círculos concéntricos alrededor de mi vida, como los anillos de los árboles, guiado y orientado por todos los palos que he recibido en mis seis lustros de vida. Transparente a más no poder. Simple. Sencilla. Directa. Como debe ser.










