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Reinterpretarse

Todavía recuerdo las largas tardes de invierno cuando Doña Esposa y yo jugábamos con gran avidez, con la saga de Prince of Persia para PS2. Mi manera de jugar le sacaba de quicio.

Ella buscaba exhaustiva y minuciosamente en cada rincón, rompía cada ánfora, cada caja, cada diván, cada pared que parecía falsa… buscando una mejora de vida, un arma nueva o cualquier otro premio.

Yo, en cambio, tiraba para adelante. Liquidaba a tantos guardias como podía y no esquivaba la batalla. No realizaba matanzas silenciosas, no me importaba ir de frente y que me partieran en trescientos pedazos.

Tal vez por eso, cuando aparecía el Dahaka, me cedía siempre el mando.

El cuento, con el tiempo, no ha cambiado mucho. Ahora, los signos externos me obligan a reinterpretarme. A explorar con minuciosidad, como hacía ella, cada recoveco, con cada posibilidad, con cada expectativa.

Pero en el fondo, siempre sigo deseando escuchar la voz del Príncipe Oscuro diciéndome aquello de… ¿Ves? Ahora nos va a matar para cerrar los ojos y cargar. Así venga ella y nos mate.

Road to Vigo, 2011

Tras esta curva, está Vigo.

La primera vez que la tomé fue hace ya diez años. Fue mi primer Road to Vigo™.

Este verano volveré a emprender un camino que hace ya casi seis años que no hago. Y mi cerebro comienza a segregar endorfinas sólo con pensarlo. En otras condiciones: coche nuevo, compañía nueva (Doña Esposa y mi pequeño), asistente a la conducción digital (adiós al tocho de mapa de carreteras), y toda una red de vías que habrá sufrido los mil y un cambios a lo largo de estos años.

Hay mucha gente que no disfruta de los viajes, porque está más ansiosa de llegar que de otra cosa. Para mi, por el contrario, parece que el viaje haya comenzado ya. En el momento en que empieza el proceso de planificación, y que se intensificará los meses, las semanas, los días que preceden al momento de entrar en el coche, ponerse el cinturón y encender el contacto girando la llave. Cuando las bujías provoquen la ingición, y vuelva a rugir el motor, habrá comenzado la aventura. Una aventura que se vive kilómetro a kilómetro. Aunque, como he dicho, esta vez será distinto.

La primera vez conduje de noche gran parte del trayecto. Fue con “el Rey León”, mi pequeño Peugeot 205 GT. Ahora será con un vehículo familiar, con parada y fonda en algún lugar pasando Madrid… pero la esencia será la misma: el reencuentro con parte de nosotros mismos, con la familia, el redescubrimiento del frescor atlántico, de bosques caducifolios, el sonido de las gaviotas al amanecer, del mar, océano, viejo y bravo. Una nueva vuelta más.

Todo eran percepciones. Que me acompañan aún hoy. Todavía recuerdo aquella noche sin dormir, aquellas horas nervioso en la cama, mirando al reloj, que debía marcar las 4 para mostrarme el momento en el que me pondría en marcha. Aquél primer viaje “largo”, y tan largo. Con amenaza de temporal. Sin cadenas. Qué miedo. Recuerdo el hielo en Cuenca. La oscuridad del camino equivocado hasta llegar a la luz del enlace en Honrubia. Amanecer en Madrid. Las monstruosas y aterradoras circunvalaciones “M” en Madrid. La nieve y los camiones en Guadarrama. La Cruz de los Caídos al fondo. La lluvia en Zamora. El granizo. El sol parecía que nunca llegaría. Tordesillas. Benavente. La A52. Dejar la meseta. Subir. Escalar. Padornelo. Los quitanieves. El túnel. Aquél túnel. Galicia. Los bosques. Parecía como si las ruedas no se pegasen al asfalto, como si el coche volara. Ourense. Cien kilómetros. El “Vitiza”, escandaloso al otro lado de la carretera. Y por fin aquella curva. Aquella bendita curva… Mi radiocasette. La primera vez que me pitaron en la Gran Vía. Aquél semáforo en el que bajé la ventanilla y puse a tope la Marcha Imperial. Llegar, y perderme a 50 metros de su casa…

El viaje, estos viajes, todos los que vinieron después, no son más que una introspección, la consecución de tantos anhelos, esperanzas y sueños. Victorias, momentos épicos que ni la más dura de las derrotas podría empañar. Sueños cumplidos. Aquella primera vez fue una prueba de voluntad. Con un coche de más de 12 años, sin saber cómo iba a responder, con mi poca experiencia al volante, con mi nula experiencia de la vida… ¡siendo un crío, maldita sea! Era consciente de cada curva, de cada cambio de rasante, de cada carril, de cada señal… Mi hermano y mis compañeros de la universidad me llamaron para saber si todo había ido bien.

Y ahora que lo pienso… si estoy hablando de esto, diez años después, es que nuestro viaje ha comenzado ya.

Contacto con tacto

Sí, he hecho el símil por el desafortunado programa de Bertín Osborne. Ya os podeís dar por satisfechos. Soy así de simple.

Humanamente simple. Masculinamente simple. A veces, el hecho de ser transparente, apasionado e impulsivo, de vivir y sentir sin medias tintas, me ha traído más de un problema -y no descarto que en el futuro siga siendo fuente de atracción de los mismos. Pero a veces sucede que encuentras a personas con las que conectas directamente. Y vale la pena dar la cara y arriesgarse un poquito para conocerlas. Feeling le llaman los cursis anglófilos, creo. … Continuar leyendo »

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