Cállate, que aún estás a tiempo

A lo largo del día, me pongo los cascos. Pero los tengo en silencio. Creo que ya he hablado alguna vez de esto. ¿Fue en este blog, o en mi otro blog? Ahora no lo recuerdo.
El caso es que en ocasiones, cuando se quedan en silencio sin yo quererlo, me veo forzado a escuchar cada cosa que haría revolverse a más de uno en su tumba… incluso aunque no estuviera muerto. Salgo a la calle y no puedo evitar escuchar hablar a la gente. A veces, hasta llegar al Canal de Historia, hago zapping inocentemente y me cruzo con mentecatos vomitando gilipolleces en forma de tertulianos o invitados de programas de telebasura.
Me gustaría saber por qué estúpida razón la gente no es capaz de mantener la boca callada si no sabe de lo que está hablando.
Venga, en serio. ¿Alguien sabe por qué? Cuando España jugaba la Copa del Mundo de fúrgol, teníamos como unos 40 millones de seleccionadores nacionales. Ahora resulta que somos el país con más ingenieros nucleares del mundo. Todos tenemos unos conocimientos del copón de tecnología… y ya ni hablemos de teléfonos móviles y de videoconsolas.
Videoconsolas. Oh cielos. Algún día hablaré de los cojoncimientos que algunos blanden a la hora de esgrimir sus estúpidas razones para demostrar con la boca llena que son capaces de defender su ignorancia hasta hacer sangrar los ojos y oídos de quienes presencien su diarrea verbal… y aún más, hacerles sentir vergüenza ajena, a mitad de camino entre asco, pena y lástima (esta última en ínfima medida).
Pero centrándonos en el tema, basta con echar un vistazo a determinadas páginas web o blogs, que parecen, o dicen tener cierta autoridad; o incluso aquellas que quedan revestidas de dicha autoridad por su anacrónica revereberancia manchada de tinta. Sus portadas son un auténtico atentado a los ojos, con titulares amarillos, pretenciosos o infestados de temáticas oportunistas y / o inoportunas, que pretenden captar la atención de los usuarios con titulares salvajes, para ofrecerles contenidos de dudosa ética, de pestilente lacra política o, en el peor de los casos, de informaciones manipuladas o falsas.
Doy gracias a Dios por dotarme de la inteligencia necesaria para identificarlas y esquivarlas. A su vez, doy gracias a mis profesores por enseñarme a desarrollar las dotes necesarias para saber que no es necesario hablar ni una sola palabra para que alguien te diga, con toda la razón del mundo, que calles tu mensaje. De una maldita vez.
En estas andamos…
Puede que me meta en terreno farragoso dado que trabajo en un periódico, pero esta fría y autobusera mañana me apetece reflexionar sobre algo que me ha sucedido hoy en facebook.
Estoy suscrito a determinados grupos de mensaje y determinadas páginas de información. Algunos de ellos los llevan presuntamente periodistas y otros presuntamente personas y no robots de culos metálicos.
No todos los periodistas saben informar, ni todos los informadores son periodistas. Y esto es muy importante. Además si le añadimos el corolario de que todos tienen la intención de perpetrar sus macabras intenciones (vendernos de forma gratuita sus noticias o su ideario) en las redes sociales, el tema se agrava.
No es de recibo que emplees mal el lenguaje si osas llamarte comunicador. Tampoco lo es que viertas… No, llamémosle por su nombre: que vomites tu opinión travistiéndola de noticia o aviso de interés cuando lo es únicamente para ti y tu mononeuronal cerebro.
Yo no soy periodista, trabajo junto a cerca de un centenar de ellos y todavía no me he topado con ninguno que se haya jactado de manejarse a la perfección en los pantanosos terrenos sociales. Y esto les honra, porque cuando se inmiscuyen en ese territorio tan novedoso, lo quieren hacer de manera correcta y profesional, dejándose aconsejar y queriendo comprender lo que hacen que no pongo en duda que en poco tiempo manejaran los 140 caracteres y las solicitudes de amistad como si estuvieran ahí de toda la vida.
Distinto es el que quiere ejercer de periodista por vocación. Yo la tenía cuando iba a comenzar la universidad, pero aunque el dinero no llegara para apuntarme a la carrera que quería, eso no fue impedimento para que aprendiese a escribir con corrección, con alguna que otra falta de ortografía, y con eso que mis hermanos gallegos llaman “sentidiño”… Con alma de hoolígan, eso sí.
Si quisiera emprender una iniciativa de comunicación como una web o una página de facebook, considero imprescindible tener en cuenta unas cuantas cosas, diferentes de las aplicables, en sentido estricto, a un blog.
En primer lugar, la mesura en lo que se escribe. Una mala experiencia pasada me hizo aprender que lo que se escribe, escrito queda; por tanto, es necesario observar esta regla con sumo celo. El alarmismo, el amarillísmo, la acusación, la polém infundada y la crispación son enemigos de la información.
Otra cuestión a observar es el uso correcto del lenguaje. Si parece inadmisible la incorrecta ortografía, una gramática inadecuada y un léxico no adaptado al alcance del mensaje y la embergadura del ente comunicador lo son en igual medida. No es de buen gusto para quien lee el mensaje encontrarse con esquirlas de metralla en sus ojos detonadas por un Hoygan. No, hombre, no. El pueblo, por humilde, no merece semejante mal trato y desprecio. Y tampoco hay que esconder la corrección de quien escribe como es debido. Nadie debe avergonzarse de su formación, incluso si no la tuviera. Hoy en día cualquier plataforma de publicación tiene incorporados correctores ortográficos. Poca excusa para una vocació de servicio público.
Para terminar esta disertación incoherente y desdeñable hacia quienes manejan los canales de comunicación a los que hago referencia, sólo romperé una lanza en su favor: les sigo porque, aparte de las molestias a mis corneas que puedan causar sus vertidos insidiósos, en muchas ocasiones valoro por encima de todo lo que me quejo la utilidad y servicio de las informaciones que dan, permitiéndome sacar mis propias conclusiones e interpretarlas consecuentemente.
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Y no pienso hablar de televisión. Porque en el fondo de este asunto, no está la tele, sino el periodismo en general.










